Uno de los probióticos más usados en niños no sirve de nada contra las gastroenteritis

En los últimos años, los probióticos han ganado terreno en los botiquines caseros. Su indicación para aliviar o reducir los síntomas de la gastroenteritis, sobre todo en niños, se ha popularizado y cada vez es más frecuente su consumo para combatir a los recurrentes virus estomacales.

Sin embargo, esta práctica podría no estar justificada. Dos robustos estudios publicados en el último número de la revista ‘The New England Journal of Medicine’ muestran que uno de los probióticos más utilizados para este fin no es efectivo ni para mejorar la severidad de los síntomas ni para acortar la duración de las gastroenteritis agudas.

Se trata de dos investigaciones que han seguido el caso de casi 2.000 niños en EEUU y Canadá y han comparado los efectos de dos productos -uno basado en Lactobacillus rhamnosus R0011 y otro en una combinación de esa bacteria y L.helveticus R0052– con un placebo.

Los resultados no han dejado lugar a dudas. No había diferencias en la evolución de los pequeños, cuyas edades oscilaban entre los 3 meses y los 4 años, fuera cual fuera la pauta indicada.

«Ninguno de los trabajos respalda el uso de probióticos que contengan L. rhamnosus para tratar la diarrea de moderada a severa en niños», zanja un editorial de la prestigiosa revista médica, que destaca el rigor y la gran calidad metodológica de los trabajos, dirigidos, respectivamente por investigadores de la Universidad de Washington (EEUU) y la Universidad de Calgary (Canadá).

Coincide en este punto Sergio Serrano, especialista en microbioma de la Sociedad Española de Enfermedades Infecciosas y Microbiología Clínica (SEIMC) y médico e investigador en el hospital Ramón y Cajal de Madrid.

Un jarro de agua fría

«Es un jarro de agua fría para esta indicación, que era la que estaba más asentada», comenta. «Pero era necesaria una investigación seria sobre este tema, porque, hasta ahora, toda la evidencia científica disponible era bastante pobre», subraya.

Esta falta de datos fehacientes se debe, sobre todo, a que, al no ser considerados medicamentos, sino suplementos dietéticos, los probióticos no se evalúan siguiendo el mismo protocolo de ensayos clínicos sobre eficacia que deben seguir los fármacos.

Por eso, «había mucho ‘ruido’ y no datos serios sobre la utilidad de los probióticos», señala Serrano. Pero «estos dos ensayos son metodológicamente impecables», añade el investigador.

De cualquier manera, tanto el especialista como el editorial de la revista médica señalan que este varapalo al L. rhamnosus -uno de los más populares- no supone ni el ‘destierro’ de los probióticos como herramienta sanitaria ni la negación de la posible utilidad de otras bacterias contra la gastroenteritis.

«Dado el gran número de agentes probióticos disponibles hoy en día y considerando sus distintos mecanismos de acción y sus distintas habilidades para colonizar el intestino […], cabe la posibilidad de que otros probióticos distintos al L. rhamnosus puedan ser efectivos contra la diarrea infecciosa en niños», señala el texto de la revista.

No todos son iguales

Hablar de probióticos, esos microorganismo que promueven beneficios para la salud, «no es lo mismo que hablar de fármacos de una misma familia», subraya, en ese sentido,Talía Sainz, especialista del servicio de Pediatría y Enfermedades Infecciosas del Hospital de La Paz de Madrid. Cada uno de ellos tiene unas características particulares, recuerda, y su modo de actuar frente a las distintas causas que puede tener una gastroenteritis -desde un rotavirus a la bacteria Salmonella– o en otras indicaciones también puede ser muy distinto, señala.

«Hay evidencias de que L. rhamnosus, por ejemplo, sí resulta útil contra la diarrea asociada al uso de antibióticos», continúa.

«El microbioma es muy complejo«, añade Serrano, que sugiere que lo que también muestra esta investigación es que actuar sobre esa comunidad de microorganismos que coloniza nuestro intestino es mucho más difícil de lo que pensábamos.

«Es fácil imaginarlo si pensamos en él como un ecosistema. La realidad es que no puedes pretender poner en los Monegros una selva amazónica plantando solo palmeras. Probablemente con el microbioma pasa lo mismo, no se puede modificar de una forma sencilla», ejemplifica.

Fuente:

https://www.elmundo.es/ciencia-y-salud/salud/2018/11/22/5bf5bb76468aeb0b648b45f8.html